El discurso que nunca imaginé que llegaría a dar
Hay momentos que sabes que vas a recordar toda la vida.
No porque todo salga perfecto. Ni porque ese día cambie tu vida de repente.
Sino porque, durante unos segundos, eres plenamente consciente de todo el camino que has recorrido para llegar hasta allí.
Eso fue exactamente lo que sentí el día que subí al escenario para recibir la Estrella Meta 10.
Mientras esperaba mi turno, no pensaba en el reconocimiento.
Pensaba en la primera vez que alguien me habló de Ringana y respondí que aquello no era para mí.
Pensaba en los años que llevaba emprendiendo.
En las veces que había tenido que volver a empezar.
En los momentos en los que dudé de mí.
En la enfermedad, que me obligó a bajar el ritmo cuando yo creía que parar era perder el tiempo.
Pensaba en mi familia.
En todas las personas que me han acompañado durante estos años.
Y, sobre todo, pensaba en la mujer que fui.
Porque, si pudiera hablar con aquella Vanessa que estaba convencida de que tenía que poder con todo, le diría que estuviera tranquila.
Que la vida no siempre sale como la planeamos.
Y menos mal.
Cuando me entregaron la estrella entendí que aquel reconocimiento no hablaba solo de un proyecto.
Hablaba de transformación.
No de la transformación que otros podían ver desde fuera.
Sino de la que ocurre por dentro.
La que te obliga a cuestionarte creencias.
A salir de tu zona de confort.
A aprender a pedir ayuda.
A confiar más.
A dejar de buscar la perfección.
Y a descubrir que el éxito tiene muy poco que ver con los aplausos y mucho con la paz con la que te acuestas cada noche.
Por eso he querido dejar aquí el vídeo de aquel momento.
No porque crea que sea un discurso perfecto.
Seguramente, si lo volviera a escuchar dentro de unos meses, cambiaría muchas cosas.
Lo comparto porque es auténtico.
Porque refleja exactamente lo que sentía aquel día.
Y porque quizá, si tú también estás atravesando una etapa de cambios, de dudas o de reinvención, encuentres en mis palabras algo que te acompañe.
Mi discurso
Puedes ver y escuchar mi discurso aquí
Transcripción
Hay una foto que nunca subiré a Instagram.
No porque salga mal. Sino porque cuenta una verdad que no encaja demasiado bien con las redes sociales.
La foto es de diciembre. Punta Cana. Mar Caribe. Palmeras. Mi familia disfrutando en la piscina. Y yo encerrada en una habitación de hotel haciendo pedidos.
Si alguien hubiera abierto la puerta en ese momento habría pensado:
«Esta chica no sabe desconectar.»
Y tendría razón.
Porque si algo me define es que, cuando entro en algo… entro con todo.
Pero la historia de hoy no empieza en Punta Cana.
Empieza hace siete años.
Porque la primera vez que me hablaron de Ringana… dije que no.
Así.
«Esto no es para mí.»
Y seguí con mi vida.
Lo curioso es que durante los cinco años siguientes seguí observando.
Y seguía diciéndome:
«No, esto no es para mí.»
Hasta que un día entendí algo.
No era Ringana la que no era para mí.
Era yo la que todavía no estaba preparada para Ringana.
Y es que, a veces, la vida no te pide que encuentres una oportunidad nueva.
Te pide que te conviertas en la persona capaz de verla.
Así que hace dos años sentí que sí.
Y recuerdo perfectamente lo que le dije a mi mentora.
«Quiero entrar en Ringana y entro a muerte.»
Y después añadí una frase bastante atrevida.
«Soy Meta 10.»
Y rematé con:
«Solo es cuestión de tiempo.»
Porque una cosa es decir una frase.
Y otra muy distinta levantarte cada mañana para demostrarla.
Mucha gente dice:
«Claro, tú lo has conseguido en año y medio porque eres creadora de contenido.»
Y tienen razón.
Lo que ocurre es que normalmente se olvidan de sumar los doce años anteriores.
Doce años creando contenido.
Aprendiendo.
Fallando.
Publicando incluso cuando no tenía ganas.
Porque muchas veces lo que parece un éxito rápido… son años de trabajo que nadie ve.
Hoy quiero dar las gracias.
A mis padres.
Por enseñarme a luchar por lo que quiero.
A mi marido.
Por ser apoyo y seguir aquí incluso cuando convivir conmigo requería más paciencia que amor.
Te amo.
A mi mentora.
Por decirme la última semana que soltara la Meta 10.
Porque pensé:
«Estás flipando, tía. La saco como que me llamo Vanessa.»
A Irene.
Por venderme este negocio durante cinco años… sin saberlo.
Te quiero.
A mi psicóloga.
Porque hay metas que se consiguen en una habitación de hotel.
Pero hay otras que se consiguen mucho antes.
En silencio.
Cuando nadie aplaude.
Gracias por ayudarme a convertirme en la persona capaz de llegar hasta aquí.
A mis amigas.
Algunas estáis hoy aquí recogiendo también vuestra Meta 10.
Y sé que, si hubiera intentado soltar este objetivo…
No me habríais dejado.
A mi equipo y a mis clientas.
Porque esta estrella tiene mi nombre.
Pero lleva un pedacito de todas vosotras.
Y a mi bebé.
Porque llevas diez años siendo mi motor.
Y porque has crecido viendo a una madre perseguir sueños que daban miedo.
Dicen que los hijos aprenden de lo que ven.
Así que espero que, cuando seas mayor, recuerdes una cosa.
No que tu madre consiguió una Meta 10.
Sino que tu madre nunca dejó de intentarlo.
Te debo unas vacaciones.
Y esta vez prometo que no habrá pedidos.
O… al menos lo intentaré.
Y hay alguien más a quien quiero dar las gracias.
A mí también.
Por escucharme.
Por salvarme.
Por no conformarme con la vida que tenía delante.
Por entender que mis circunstancias no tenían por qué convertirse en mi destino.
Y por atreverme a decir sí después de cinco años diciendo no.
Porque hoy me doy cuenta de algo.
La Meta 10 no empezó el día que entré en Ringana.
Empezó el día que dejé de buscar razones para no hacerlo.
Y por eso quiero terminar con aquella foto de Punta Cana.
Durante mucho tiempo pensé que aquella foto representaba el sacrificio.
Hoy sé que representa algo mucho más importante.
Representa una decisión.
La de apostar por mí.
Creer en mí.
Y cumplir una promesa.
Porque hace dos años dije:
«Yo soy Meta 10.»
Y añadí:
«Solo es cuestión de tiempo.»
Pues bien…
Hoy no celebro una estrella.
Celebro la decisión que me trajo hasta ella.
Porque hace dos años hice una promesa.
Y hoy puedo deciros algo.
El tiempo tenía razón.
Muchas gracias.
Cuando terminé de hablar y bajé del escenario sentí algo que todavía me cuesta explicar.
No era la alegría de haber recibido un reconocimiento.
Era gratitud.
Gratitud por todas las personas que han formado parte del camino.
Por cada decisión difícil.
Por cada error.
Por cada aprendizaje.
Y también por todas las veces que la vida me obligó a cambiar de dirección cuando yo estaba convencida de que sabía exactamente hacia dónde iba.
Si este momento me ha enseñado algo es que los reconocimientos pasan.
Lo que permanece es la persona en la que te conviertes mientras los persigues.
Y esa, al menos para mí, siempre será la parte más valiosa del viaje.









