Lo que nadie te cuenta sobre reinventarte a los 40 y tantos
Hace unos días, mientras volvía en el coche después de un evento, me sorprendí pensando en una frase que llevo escuchando desde hace años.
«Hay que reinventarse.»
La dicen los emprendedores cuando un negocio deja de funcionar.
La dicen quienes cambian de trabajo.
La dicen cuando alguien se divorcia, cuando cumple cierta edad o cuando siente que la vida ya no se parece a la que había imaginado.
Y, sin embargo, nunca me ha gustado esa expresión.
Quizá porque durante mucho tiempo la entendí mal.
Yo también pensaba que reinventarse era empezar de cero.
Cerrar una puerta.
Abrir otra.
Cambiar de profesión.
Dar un giro de ciento ochenta grados.
Ahora creo que no tiene nada que ver con eso.
Si miro hacia atrás, me doy cuenta de que nunca me he reinventado de la forma en la que nos la venden.
No he tirado mi vida por la borda para construir otra distinta.
Lo que he hecho ha sido ir quitándome capas.
Capas de expectativas.
Capas de miedos.
Capas de ideas que un día tuvieron sentido, pero que dejaron de tenerlo.
Y quizá por eso cumplir cuarenta y cinco años no me ha dado vértigo.
Lo que me habría dado miedo habría sido llegar hasta aquí siendo exactamente la misma mujer que era a los treinta.
Porque eso habría significado que no aprendí nada.
Cuando era más joven tenía muy claro cómo imaginaba mi futuro.
Pensaba que siempre trabajaría en marketing, diseñando páginas web, creando estrategias para otras empresas y ayudando a hacer crecer negocios.
Y durante muchos años fui feliz haciéndolo.
Me encantaba mi trabajo.
Sigo disfrutándolo.
Pero la vida tiene una forma muy curiosa de hacerte preguntas que nunca habrías elegido responder.
La maternidad fue una de ellas.
La enfermedad fue otra.
Y la velocidad a la que está cambiando el mundo en el que llevo más de veinte años trabajando terminó de remover todo lo demás.
No fue un día concreto.
No hubo una conversación que lo cambiara todo.
Fue algo mucho más silencioso.
Empecé a notar que la vida que había construido seguía siendo buena, pero ya no respondía del todo a la mujer en la que me estaba convirtiendo.
Y esa sensación es difícil de explicar.
Desde fuera parece que todo va bien.
Pero por dentro sabes que algo necesita cambiar.
No porque seas infeliz.
Sino porque has crecido.
Creo que muchas mujeres llegamos a ese punto alrededor de los cuarenta.
Ya no sentimos la necesidad de demostrar tanto.
De perseguir el éxito que otros esperan de nosotras.
Empezamos a preguntarnos algo mucho más incómodo.
¿La vida que tengo sigue pareciéndose a la vida que quiero?
Esa pregunta cambió muchas cosas para mí.
Y curiosamente, ninguna de las respuestas llegó deprisa.
Llegaron caminando.
Como suelen llegar las cosas importantes.









